Por Enzo Sepúlveda | @enzosepu_phvid | Golazo Canadá
En el fútbol profesional, los cambios de nombres y de esquemas forman parte del juego. Las lesiones, las suspensiones, el rendimiento y las decisiones técnicas obligan a los entrenadores a mover sus piezas. El problema aparece cuando la rotación deja de ser una herramienta y termina convirtiéndose en la identidad de un equipo.
Y eso es precisamente lo que ha transmitido el CF Montréal durante la temporada 2026: la sensación de estar frente a un equipo que todavía no sabe muy bien quién es, qué quiere jugar ni con quién pretende conseguirlo.
La imagen se parece más a la de un equipo de colegio, donde todos tienen su oportunidad de entrar a la cancha, que a la de un club profesional que compite en una liga como la MLS.

Una pizarra que nunca termina de encontrar respuestas
Los números ayudan a dimensionar el problema. En la temporada regular de la MLS, el CF Montréal utilizó 32 futbolistas distintos, una cifra que habla de una plantilla sometida a constantes modificaciones. Y aunque contar con alternativas no debería ser un problema, la dificultad está en conseguir que esas piezas funcionen como un equipo.
La portería tampoco escapó a esa dinámica. Thomas Gillier, Sebastian Breza y Samsy Keita tuvieron participación durante la campaña. En defensa, los nombres y las combinaciones cambiaron una y otra vez, sin que el equipo consiguiera transmitir una sensación sostenida de seguridad.
No se trata de cuestionar que un entrenador haga ajustes. Se trata de preguntarse qué identidad puede construir un equipo cuando la continuidad parece ser una excepción y no una prioridad.
Una defensa que concede demasiado
Si hay un aspecto en el que la temporada deja pocas dudas, es en el rendimiento defensivo.
Antes de la última jornada, Montréal había recibido 67 goles en 33 partidos de MLS, un promedio de 2,03 goles por encuentro. Una cifra difícil de justificar para cualquier equipo que aspire a competir con regularidad.
Las goleadas sufridas ante San Diego (0-5), Inter Miami (1-7) y Atlanta United (0-3) no fueron simples accidentes aislados. Fueron señales de una fragilidad que se repitió durante la campaña y que terminó convirtiéndose en uno de los principales problemas del equipo.
Cuando una defensa recibe goles con tanta frecuencia, es inevitable mirar hacia la organización, los automatismos y las decisiones desde el banquillo. Porque los errores individuales pueden explicar una jugada, pero difícilmente explican una temporada completa.

Mucho movimiento, pocas respuestas
La incertidumbre tampoco se limitó a la última línea. El mediocampo y el ataque también estuvieron sujetos a modificaciones constantes. Nombres como Prince Owusu, Daniel Ríos y Alexis Sánchez formaron parte de una ofensiva que no consiguió encontrar una continuidad convincente.
Y si todavía quedaba alguna duda sobre las dificultades del equipo para competir en un partido decisivo, la final del Canadian Championship ante Forge FC dejó una imagen difícil de ignorar.
Montréal terminó empatando 1-1 después de 120 minutos, pero cayó en la definición por penales. Más allá del resultado, lo preocupante fue la sensación que dejó el equipo: poca iniciativa, escasa capacidad para imponer condiciones y una dificultad evidente para asumir el protagonismo frente a un rival que terminó llevándose merecidamente el título.
La presencia de Alexis Sánchez en el banco, sin llegar a ingresar, fue otro de los elementos que llamó la atención. Una decisión técnica que, naturalmente, puede discutirse, pero que también alimentó las preguntas sobre el rumbo futbolístico del equipo.
Y no fue una sensación exclusiva de aquella final. En partidos anteriores, el equipo ya había transmitido una apatía preocupante, como si la obligación de competir estuviera pesando más que la convicción de hacerlo.

Una tribuna que también pierde la voz
A los problemas futbolísticos se suma otro elemento que refleja el desgaste de la relación entre el club y parte de su gente.
Los grupos de apoyo organizados, entre ellos los ultras, decidieron suspender sus actividades de animación durante el resto de la temporada. Esto no significa que el público general haya dejado de asistir al estadio: familias, aficionados y espectadores seguirán ocupando las tribunas. Pero la ausencia de los grupos que habitualmente organizan los cánticos, las banderas y el ambiente colectivo deja un vacío difícil de reemplazar.
El fútbol no se juega solamente sobre el césped. La identidad de un club también se construye desde sus tribunas, y cuando quienes han sostenido esa cultura deciden dar un paso al costado, algo importante se rompe.
El próximo sábado, ante Vancouver Whitecaps, Montréal disputará su último partido de la temporada regular. Será una nueva oportunidad para cerrar el año con algo de dignidad deportiva, aunque el contexto no invita precisamente al optimismo.

¿Y ahora qué?
Llegar a la última jornada con 67 goles recibidos, 32 futbolistas utilizados y una temporada marcada por la falta de continuidad no es un detalle menor. Es el reflejo de un proyecto que no consiguió consolidarse y que deja demasiadas preguntas abiertas.
La MLS exige planificación, identidad y capacidad de competir. No basta con cambiar nombres en la pizarra, probar esquemas o esperar que alguna combinación funcione por casualidad. Un equipo necesita una idea reconocible y jugadores que sepan interpretarla.
El CF Montréal termina esta temporada transmitiendo justamente lo contrario: incertidumbre, fragilidad y una preocupante desconexión con parte de su entorno.
La silla musical puede ser entretenida en el patio de un colegio. En un club profesional, con salarios profesionales y una afición que espera mucho más, termina siendo una señal de alarma.
El barco navega sin rumbo. Y a estas alturas, parece que la paciencia, al fin, se ha agotado.
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