A escasos cuatro meses del inicio, Canadá se presenta ante el mundo con una propuesta de infraestructura que apuesta más por lo funcional que por lo monumental. Tanto la ampliación pragmática del BMO Field en Toronto como el techado BC Place en Vancouver —con sus eternas discusiones sobre la superficie— dejan una sensación agridulce.
No son las catedrales futuristas de nuestros vecinos del sur ni templos con la mística azteca; son soluciones de un anfitrión del G7 que, teniendo una década para soñar en grande, optó por lo “suficiente”. La sensación no es de desastre, pero sí de una oportunidad perdida para dejar un legado arquitectónico a la altura del evento.
Esta tibieza en las sedes parece un presagio de lo que aprendimos el verano pasado con el Mundial de Clubes en Estados Unidos: nos enfrentamos a un torneo de contrastes brutales.
Todo apunta a que viviremos una competición bipolar. Por un lado, tendremos partidos de fase de grupos que, dispersos en la inmensidad geográfica, correrán el riesgo de parecer exhibiciones de pretemporada: equipos “de paseo” y gradas con huecos visibles, ecos de aquella frialdad que vimos en 2025. Por otro, a medida que el torneo avance y la guillotina de la eliminación directa caiga, la temperatura subirá de golpe, chocando con la realidad logística.
Cortesía: FIFA Media
Porque bajo el marketing de “United 2026”, la unidad brilla por su ausencia. La romántica idea del peregrinaje futbolístico ha muerto asesinada por los costos.
El hincha promedio no solo enfrenta distancias continentales, sino tres monedas distintas, tres sistemas migratorios hostiles y un costo de vida que ya ha expulsado a los locales de sus propias ciudades. El fútbol aquí ha dejado de ser popular para convertirse en un producto de lujo extractivo.
Hemos invitado al mundo a una cena de gala para servirles en platos de plástico. Y esto nos deja con una pregunta incómoda que retumba en los despachos de la organización:
Si para vivir este “Mundial de la Unidad” hace falta el presupuesto de un millonario y la paciencia de un diplomático, ¿estamos celebrando el fútbol o simplemente montando el escenario más caro de la historia para excluir a quienes realmente lo aman?
Colombiano. Profesional en Ciencias del Deporte y Masajista Terapéutico. Papá de un pequeño crack, Busco conectar con el hincha a través de historias reales y análisis con criterio. Un apasionado que entiende que este deporte es el arte de lo inesperado. Colaborador para Golazo Canadá en Ontario.